El uso de tobilleras electrónicas como medida de control para agresores condenados por violencia de género se ha extendido en los últimos años, generando un debate complejo sobre su efectividad y los impactos en las víctimas. Si bien la intención es proteger a las mujeres, la realidad vivida por muchas es ambivalente. Una reciente entrevista en Subrayado, con una víctima que convivió con el conocimiento de la vigilancia tecnológica de su agresor, ilustra las complejidades de este sistema. La incertidumbre sobre la verdadera capacidad de la tobillera para prevenir nuevos actos violentos genera ansiedad y estrés añadido a la situación ya traumática de la víctima. La sensación de estar permanentemente bajo amenaza, aunque con un mecanismo de control aparentemente en funcionamiento, no garantiza la tranquilidad esperada.
Más allá de la vigilancia tecnológica, la experiencia descrita resalta la necesidad de un acompañamiento integral para las víctimas. El soporte psicológico, la asistencia jurídica y el acceso a recursos de protección son elementos fundamentales que no pueden depender únicamente del funcionamiento de la tobillera. La efectividad de este sistema radica en una estrategia mucho más amplia que integre la tecnología con una red de apoyo robusta y multidisciplinar, capaz de brindar a las mujeres las herramientas necesarias para reconstruir sus vidas y alejarse del peligro. La entrevista en Subrayado destaca la importancia de no concebir la tobillera electrónica como una solución mágica, sino como una pieza más, y potencialmente insuficiente, dentro de un sistema de protección integral que debe priorizar la seguridad y el bienestar de la víctima.
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